Me distraen las arañas. Son diminutas. Negras. Pareciera que tienen caparazón. Sus telas acumulan metros, quizá algún kilómetro entre idas y vueltas en la esquina de este sector de la costanera. Trepan por mi pantalón y por las mangas de mi campera. Cada tanto quito alguna de mis lentes.
El sol esta al caer. Aunque casi nunca subió. En estas latitudes le cuesta estar arriba. Se siente más cómodo marcando el Norte. Su radiación genera el suficiente calor que me permite llegar al equilibrio de confort térmico, porque se compensa con la brisa helada que no cesa segundo.
Es hermoso intentar una y otra vez fijar la vista en la orilla del lago contraria a mi posición. El brillo del sol me lo impide. Pero el espectáculo de destellos danzantes al ritmo de las pequeñas olas del lago es tan atrapante...
No logro descifrar que le dice un pato al otro. Pero seguro es importante porque ya lo grita con insistencia. Justo en ese momento cruzan a través de los destellos danzantes unas figuras blancas a ritmo sereno. Es hora de contemplarlas. Hasta luego.

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