lunes, 4 de junio de 2012

Mi número

Estoy sentado tras ese enorme vidrio que me separa de esa calle transitada por muchos, calle que roza su embotellamiento. Doy gracias a ese mismo vidrio, que es doble y logra que la escena ante mi parezca muda.
Me detengo a pensar en mi número.
Lo visualizo entre mis dedos con detenimiento y comienzo a cuestionarme espontáneamente, inevitablemente.

¿Será su valor lo que valgo yo? ¿Estará indicando "mucho" o "poco"? Pero... ¿cómo determinarlo desconociendo los límites que darían a la duda un entorno de evaluación concreto?
Pienso y medito, descubriendo que ningún número podrá determinar mi valor. Sin embargo, para muchas decisiones de gobiernos, empresas y organizaciones, somos un número en lugar de una persona viva, e incluso a nuestra persona se le asignan continuamente números para distinguirla, clasificarla, valorizarla... Por todo eso trataré de esforzarme para siempre evitar agrupar tras algunas cifras un individuo, una comunidad o una parte del pueblo... trataré de pensar más en ellos...

Vuelvo a visualizar en mi mente ese número, mi número.
Creo que una cadena de mis neuronas reacciona y produce nuevos cuestionamientos... ¿Será mi número único? ¿O se repetirá por doquier? ¿Qué tan original estoy siendo? Original, no con respecto a ser creativo, sino con relación a mi esencia, a mi ser, a lo que soy... ¿Soy mi original día a día o mis ambientes no me permiten mostrarlo? ¿Acaso soy esclavo de alguna situación que me hace vivir una duplicidad? El miedo al qué dirán reaparece continuamente como cizaña: eterna misión será ganarle y formar una firme personalidad que escuche críticas pero valore lo que soy y quiero ser.

Elevo la mirada tratando de alejarme de las preguntas anteriores y descansar, pero ahí arriba observo una pantalla. ¡En ella veo mi número! Escucho a la vez un grito fuerte, pero lo ignoro porque primero me pregunto anonadado ¿Cómo llegó allí mi tan preciado e íntimo número? ¿Cuántos estarán observándolo? ¿Quién se atrevió a publicarlo? ¿Qué significará para otros? Pero luego de unos segundos me doy cuenta que mi preocupación es vana. Que no hace falta esconder mi número, que es mejor compartirlo. Como aquel número de teatro o de baile que se muestra a todos desde un escenario con el fin de compartirlo, de transformar tanta preparación y trabajo previo en un servicio a los demás, quizá entretenimiento puro, quizá ayuda pura. ¿Compartimos nuestros números? ¿nuestras obras? ¿nuestra vida? ¿o las encajonamos con miedo a que nos las roben? Y si acaso alguien o algo nos hizo sufrir y sentir dolor en el pecho, en el alma, ¿persiste esa situación de pena que nos hace encerrar y no contagiar, ni regalar, ni compartir Vida?

Pensar en esas preguntas aceleran mi razonamiento y enceguecen lo que mi corazón quiere gritar para no alejarse de su libertad y devolver algo de equilibrio a la balanza de la razón y la fe... Algo me sorprende de repente, es un grito aún más fuerte, y se hace oír por todos los que comparten el local dónde me encuentro. Trato de enfocar mi mirada coherentemente haciendo un enorme esfuerzo como enseñando a mis ojos a hacer foco por primera vez en su vida. Es que mi mente robo parte de mi tiempo y se apoderó de mí completamente. Logro entonces, al cabo un par de docenas de segundos, apuntar mi visión hacia la barra del local, detrás de la cuál una señora de cabellos oscuros se encuentra de pie, buscando con su vista a una persona especial, por lo que recorre con su mirada perdida las caras de todos los presentes. En un momento determinado, me mira, me observa, y se da cuenta de que soy el indicado. Repite ahora sin gritar y con una dulce voz nuevamente mi número. Levanto la mano y luego me pongo de pie. Es mi turno. Procedo a buscar mi almuerzo.

El mundo de todos los días vuelve a imponerse y reinar sobre mis cinco sentidos. Me siento violentado y con sabor a derrota en un principio. Pero algo es diferente en mí. Mi razón y corazón han cambiado gracias a la oportunidad que tuve de cuestionarme íntimamente lo que venía siendo y haciendo, para entrar en crisis, luego sí decidirme por una respuesta a dar y al fin actuar. Comienzo entonces a disfrutar lo que sigue: crecer.

No hay comentarios: