Doblando a la esquina me topé con un segundo cuadro. En él una cara anciana con arrugas marcadas gesticulizaban una situación asustada, muy probablemente por ver 1.90m aparecer de repente girando a gran velocidad desde la ochava. Una silla resistía el peso de aquella abuela, pero no sólo de su cuerpo, también resistía sus colmados años de experiencias y una gran sabiduría que creció durante siete décadas y un poco más, según delataba la textura de sus piel.
Adelantándome, observé un nuevo cuadro. Este me enseñó a su derecha un padre jugando al balompié con su hijo, pequeñito éste último, sediento de aprendizaje, quemando energías para crecer. Y me enseñó a su izquierda un ángel de la guarda vestido de mujer contemplando con amor la escena. Sí, era ella, la madre de la familia, vigía y lista para actuar de servidora con su botella de agua fresca... o quizá para actuar de enfermera, según la ocasión lo requiriera. Este cuadro, este cuadro me mostró un sueño.
Luego observé otro más, pero está vez a la pasada, sin concentrarme en los detalles. Era uno que mostraba trabajo y esperanza, porque había gente preparando un festival, probablemente de varias artes simultáneas, que rogaban rebalsar de espectadores toda la plaza. Y no digo más, porque como toda vez que uno no sabe en profundidad y no desea preguntar, conviene no hablar y silencio guardar para poder ver y escuchar con toda claridad y humildad.
Pero sí observé en el siguiente cuadro dos amigas disfrutando su momento, compartiendo un mismo metro cúbico de aire, respirando en él historias, anécdotas y consejos mutuos. Ambas saboreando desde sus propios conos tubérculos fritos comestibles. Grité en mi interior provecho! y seguí avanzando a buen ritmo.
Luego de unas vueltas a las pasarelas de cemento interrumpidas por algunos adoquines y rieles, me topé con un cuadro de un hombre esparcido por el suelo. Concentrado estaba él investigando y reparando una máquina de su poder que tantos km pareciera le permitió recorrer. Entusiasmo mostraba él, debido a la concentración que se transmitía por todo el cuadro, definitivamente era un hombre dedicado y fiel.
Pasé también frente a otros cuadros: uno de una pareja de ancianos caminando con seriedad y respeto a las baldosas que pisaban, otro de un mochilero sorprendido ante una sonrisa regalada por una fugaz alma aniñada y aquel de una vecina visitando a otra vecina que en ese momento saludaba hacia quien la miraba.
Y quizá el más tierno resultó aquel cuadro que me mostró dos personas descargando de un vehículo blanco muchos elementos para una fiesta de aniversario. Ellas estaban entrando a una casa vestida de gala con globos rosas en sus puertas, pilas de sillas minúsculas para individuos muy pequeños, coloridas ellas por donde se las mire, expectantes de los acontecimientos por venir: saladitos, sogas, pelotas, panchos, torta y piñata. Parecía que la escena escondía tras las puertas de la casa una feliz cumpleañera de unos 4 recién cumplidos, seguramente ansiosa de que lleguen a su hogar tantos amigos y seres queridos.
Fueron esos todos cuadros que encuadré en mi cabeza cuando salí a correr este domingo, y ahora forman parte del museo de mi vida, cuyas galerías no pararé de recorrer y hacer crecer; ya que guardan deliciosamente lo bello de lo simple, ese arte de artistas que crean sin saber que han creado cuadros en un museo que pocos van a conocer.
aDios!!!